La vida que fue ( III )
Estoy parado en la curva de un camino de terracería. La curva coincide con la cumbre de una joroba del mismo camino, que sigue hacia la derecha. Estoy hechizado por lo que veo: hacia abajo una serranía enteramente verde; primero un profundo corte al que no se le ve fondo; más allá la abrupta subida que hace cumbre, tras la cual se ve otra y otra y otra cumbre, unas más bajas, otras más altas, en un desorden armonioso. Allá, a lo lejos, dos o tres cumbres más altas que mi horizonte (el recuerdo eso cree, no está seguro). Mi guía emprende el descenso por una vereda apenas entrevista. Me invade el miedo de abandonar camino seguro. Sólo en mi interior me pregunto ¿a dónde vamos?, ¿por qué por aquí? No puedo pensar más; mi guía baja rápido; el camino resbala entre peñascos, no vaya a pasarme lo mismo. Al final de ese camino, que no sabía cómo era, me esperaba una nueva etapa de la vida.
En este momento sólo veo veredas que descienden. Con una campana en la mano bajaré por ellas. Llamando al que quiera oír.
En este momento sólo veo veredas que descienden. Con una campana en la mano bajaré por ellas. Llamando al que quiera oír.

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