martes, agosto 17, 2004

La vida que fue ( IV )


La cabecera ejidal de Huazalingo, San Francisco, está en la cumbre de un cerro. Siempre me pregunté por qué los náhuatls de la huasteca hidalguense hacen sus capitales en lo alto. Ahora quiero pensar que lo hacen porque llegar al nivel de las ideas significa subir; la cabeza queda arriba. Entonces no me lo explicaba.

Ese día estaba en San Francisco y quería bajar para visitar varios anexos. Abajo, en los pies, tenían su ganado; quinientos bovinos cebú, finos.

De nada servía bajar en camioneta por la carretera de terracería: así no se llega a ningún de los pequeños poblados del ejido.

Las veredas que van a los anexos descienden con rapidez, casi se precipitan a un abismo.

Pensé que las bajadas son más fáciles. En realidad olvidé lo falaz de esa creencia.

Eramos muchos los que bajábamos ese día. Quise alcanzar a los primeros y descendí co-rriendo. A medio camino las piernas no me respondían. Los calambres me paralizaron. A fuerza de voluntad pude emprender la marcha nuevamente, despacio. El dolor era grande y pronto se añadió un temblor general en ambas piernas. Llegué a dos o tres anexos, pero ya no podía volver a subir.
Los tiempos actuales son de descenso. Debo cuidarme, pues sin duda regresará el momento de ascender.